viernes, 3 de agosto de 2018

La tristeza se apoderó de mí (un pequeño desahogo)

Ya conocí el dolor más grande. El peor de los dolores. Y no me refiero al dolor de parto (que me hizo creer que me iba a morir con mi hijo mayor), tampoco al dolor post-cesárea (que me duró un mes completico al tener a mi beba). No. Me refiero al dolor más grande y que no se quita nunca: el dolor por la muerte de un hijo.

Mi niña, mi reina, mi bebita, mi Estefanía se me fue el pasado 3 de julio y el mundo se paralizó. Todavía no lo creo.

Los periodistas clasificamos las muertes en trágicas –por accidentes, armas de fuego o cualquier causa violenta- y naturales. En estos momentos, como madre, puedo dar fe de que no hay suceso más trágico ni más violento que la muerte de un hijo, así sea por causas naturales.

Mi pequeña era perfecta, bella, inteligente, alegre, tremenda, feliz. En poco más de dos años y medio fue amada profundamente y también regaló el amor más puro. Su corta existencia en el plano terrenal lo vivió como quiso. Era la reina de la casa, la consentida, la malcriada, la más linda, mi beba hermosa.

Un virus me la arrebató. Inexplicable, pero cierto. Creo que estaré el resto de mi vida en lo que los psicólogos llaman “etapa de negación”. No lo acepto. ¿Cómo no la voy a tener? Siempre estuvimos juntas, éramos una sola, ella y yo en todos lados. ¿Cómo es que ya no está? Ese no era el plan. Faltaba mucho por hacer. Ahora la tristeza está implícita en mí. La lloraré infinitamente hasta que ella vuelva a mí o yo vuelva a ella. Mi niña bonita, mi muñeca, mi reina hermosa, con su carita redonda perfecta, su melena suelta y alborotada, su mirada sincera, sus manitos preciosas, sus piecitos perfectos, su piel suavecita, su olor inolvidable, sus dienticos lindos, su boquita preciosa, su sonrisa contagiosa, igualita a su papi… Toda ella era lo más lindo que, junto con su hermano mayor, Dios me regaló. Mis dos grandes tesoros.

Que mi beba ya no esté me sumerge en un vacío, abismal, profundo, la peor sensación del mundo; es que no lo acepto. No puede ser que ya no esté, si ella siempre estaba ahí: escapándose del cuarto, rayando las paredes, bajando las escaleras como una experta y diciéndome “hola”, cantando todas las canciones, pidiéndome pan con queso o arepita, pidiéndome que la cargue…  ¿cómo es que eso ya se acabó?

Ahora la tristeza vive en mí. ¿Cómo no voy a llorar? No me pidan que no llore. Siempre voy a llorar, siempre la tengo en mi mente, la busco en todos mis sueños, la busco en todas partes. Quiero a mi beba y no entiendo por qué se me fue. Esto no se supera. Esto no tiene nombre. Esto es una tragedia y la sufro y sufriré todos los días. Si no me he muerto de dolor es porque tengo a mi hijo mayor y él se merece tener una madre que lo ame y lo cuide y yo tengo mucho amor que darle. Por él sigo adelante y sacaré fuerzas, aunque él también llora y sufre y me parte el alma, él adoraba a su hermanita; todos lloramos y sufrimos, porque la vida nos dio un golpe bajo inesperado, nos puso de cabeza, nos estremeció de cabo a rabo.

Muchas veces me tocó decirles a otros “lo siento”, “no tengo palabras”, “sentido pésame”… Pero, ¿que me dijeran esas frases a mí?, ¿condolencias a mí?, ¿por mi hija?, ¡¿por mi Estefa?! Inconcebible. Esto ha sido tan radical, como si de un día para otro yo amaneciera en la China y tuviera que vivir con gente desconocida y todo diferente. Como si de pronto no tuviera mi mano derecha después de haber escrito un libro entero. Como si me faltaran las dos piernas un segundo  después de haber caminado tranquilamente. Una pesadilla.  Así no más.

Trato de consolarme pensando que, si iba a quedar con alguna insuficiencia por la falta de oxígeno, es mejor que no viviera sufriendo. Trato de consolarme pensando que en este mundo hay tanta maldad y cosas feas que es mejor que ella no lo conociera. Pero no. Mentira. Nada me consuela, porque nada de este mundo es preferible a tenerla conmigo.

Viviré con este sobresalto en el corazón todos los días, este susto eterno en el estómago, un desvelo interminable. Esto es más doloroso que una tortura física, que el peor despecho de adolescente. Es como si no pudiera respirar, como si estuviera perdida en un laberinto, desamparada, desconsolada, desesperada y atrapada.

Le pido a Dios que me explique su plan, porque yo no lo entiendo. También Le agradezco haberme dado una hija tan hermosa y perfecta. Yo saturé de amor a mi niña, la empalagué de abrazos, me la comí a besos; entonces ¿por qué ya no la tengo? Tengo un hueco en el corazón, en el alma, en mi vida entera. Ya nada es igual. Te amaremos hasta la eternidad, mi reina hermosa. Donde yo esté vos siempre estaréis conmigo, mi Estefa preciosa.

PD:  Empecé este blog para escribir anécdotas. De más está aclarar que nunca pensé redactar esta nota, si yo lo que quería era que mis dos hijos leyeran mis recuerdos digitalizados.

Tengo unos escritos listos desde hace unos meses; pronto los publicaré en el blog con la salvedad de que fueron redactados antes de que la tragedia llegara a mi vida, pues se nota la diferencia en el humor de mis palabras. Después, tal vez siga escribiendo…




Wish you were here...

 Estefa me hace falta todos los días. La quisiera cargar porque me dejó en ese momento cuando todavía los niños se cargan, así pesen y te du...