Ya conocí el dolor más grande. El peor de
los dolores. Y no me refiero al dolor de parto (que me hizo creer que me iba a
morir con mi hijo mayor), tampoco al dolor post-cesárea (que me duró un mes
completico al tener a mi beba). No. Me refiero al dolor más grande y que no se
quita nunca: el dolor por la muerte de un hijo.
Mi niña, mi reina, mi bebita, mi Estefanía
se me fue el pasado 3 de julio y el mundo se paralizó. Todavía no lo creo.
Los periodistas clasificamos las muertes en
trágicas –por accidentes, armas de fuego o cualquier causa violenta- y naturales.
En estos momentos, como madre, puedo dar fe de que no hay suceso más trágico ni
más violento que la muerte de un hijo, así sea por causas naturales.
Mi pequeña era perfecta, bella,
inteligente, alegre, tremenda, feliz. En poco más de dos años y medio fue amada
profundamente y también regaló el amor más puro. Su corta existencia en el
plano terrenal lo vivió como quiso. Era la reina de la casa, la consentida, la
malcriada, la más linda, mi beba hermosa.
Un virus me la arrebató. Inexplicable, pero
cierto. Creo que estaré el resto de mi vida en lo que los psicólogos llaman
“etapa de negación”. No lo acepto. ¿Cómo no la voy a tener? Siempre estuvimos
juntas, éramos una sola, ella y yo en todos lados. ¿Cómo es que ya no está? Ese
no era el plan. Faltaba mucho por hacer. Ahora la tristeza está implícita en
mí. La lloraré infinitamente hasta que ella vuelva a mí o yo vuelva a ella. Mi
niña bonita, mi muñeca, mi reina hermosa, con su carita redonda perfecta, su
melena suelta y alborotada, su mirada sincera, sus manitos preciosas, sus
piecitos perfectos, su piel suavecita, su olor inolvidable, sus dienticos
lindos, su boquita preciosa, su sonrisa contagiosa, igualita a su papi… Toda
ella era lo más lindo que, junto con su hermano mayor, Dios me regaló. Mis dos
grandes tesoros.
Que mi beba ya no esté me sumerge en un
vacío, abismal, profundo, la peor sensación del mundo; es que no lo acepto. No
puede ser que ya no esté, si ella siempre estaba ahí: escapándose del cuarto,
rayando las paredes, bajando las escaleras como una experta y diciéndome
“hola”, cantando todas las canciones, pidiéndome pan con queso o arepita,
pidiéndome que la cargue… ¿cómo es que
eso ya se acabó?
Ahora la tristeza vive en mí. ¿Cómo no voy
a llorar? No me pidan que no llore. Siempre voy a llorar, siempre la tengo en
mi mente, la busco en todos mis sueños, la busco en todas partes. Quiero a mi
beba y no entiendo por qué se me fue. Esto no se supera. Esto no tiene nombre.
Esto es una tragedia y la sufro y sufriré todos los días. Si no me he muerto de
dolor es porque tengo a mi hijo mayor y él se merece tener una madre que lo ame
y lo cuide y yo tengo mucho amor que darle. Por él sigo adelante y sacaré
fuerzas, aunque él también llora y sufre y me parte el alma, él adoraba a su
hermanita; todos lloramos y sufrimos, porque la vida nos dio un golpe bajo
inesperado, nos puso de cabeza, nos estremeció de cabo a rabo.
Muchas veces me tocó decirles a otros “lo
siento”, “no tengo palabras”, “sentido pésame”… Pero, ¿que me dijeran esas
frases a mí?, ¿condolencias a mí?, ¿por mi hija?, ¡¿por mi Estefa?!
Inconcebible. Esto ha sido tan radical, como si de un día para otro yo
amaneciera en la China y tuviera que vivir con gente desconocida y todo
diferente. Como si de pronto no tuviera mi mano derecha después de haber
escrito un libro entero. Como si me faltaran las dos piernas un segundo después de haber caminado tranquilamente. Una
pesadilla. Así no más.
Trato de consolarme pensando que, si iba a
quedar con alguna insuficiencia por la falta de oxígeno, es mejor que no
viviera sufriendo. Trato de consolarme pensando que en este mundo hay tanta
maldad y cosas feas que es mejor que ella no lo conociera. Pero no. Mentira.
Nada me consuela, porque nada de este mundo es preferible a tenerla conmigo.
Viviré con este sobresalto en el corazón
todos los días, este susto eterno en el estómago, un desvelo interminable. Esto
es más doloroso que una tortura física, que el peor despecho de adolescente. Es
como si no pudiera respirar, como si estuviera perdida en un laberinto,
desamparada, desconsolada, desesperada y atrapada.
Le pido a Dios que me explique su plan,
porque yo no lo entiendo. También Le agradezco haberme dado una hija tan
hermosa y perfecta. Yo saturé de amor a mi niña, la empalagué de abrazos, me la
comí a besos; entonces ¿por qué ya no la tengo? Tengo un hueco en el corazón,
en el alma, en mi vida entera. Ya nada es igual. Te amaremos hasta la
eternidad, mi reina hermosa. Donde yo esté vos siempre estaréis conmigo, mi
Estefa preciosa.
PD:
Empecé este blog para escribir anécdotas. De más está aclarar que nunca
pensé redactar esta nota, si yo lo que quería era que mis dos hijos leyeran mis
recuerdos digitalizados.
Tengo unos escritos listos desde hace unos
meses; pronto los publicaré en el blog con la salvedad de que fueron redactados
antes de que la tragedia llegara a mi vida, pues se nota la diferencia en el
humor de mis palabras. Después, tal vez siga escribiendo…


