lunes, 3 de diciembre de 2018

Un año… ¿para el olvido?

Tengo meses pensando qué adjetivo ponerle a este 2018 que ya se está terminando. Exactamente, han sido estos últimos cinco meses de tortura cuando mi mente ha intentado hacer una evaluación del año que más duro me ha golpeado en la vida; pero, ni siquiera escribiendo estas líneas me decido: ¿Es justo afirmar que fue el peor año?

“Siempre pasa lo que tiene que pasar”. La primera vez que me dijeron esas palabras yo tenía quince años y desde entonces fue, prácticamente, mi grito de guerra. Todos los acontecimientos de mi vida, en efecto, pasaban porque tenían que pasar. Todo tenía sentido y llegaba en el momento preciso. “Dios aprieta pero no ahoga”, esta frase también me gustaba bastante porque muchas situaciones, por difíciles que parecieran, se resolvían sin problema al final. Además, siempre he tenido mucha fe en Dios, Él nunca me abandonó. Si no me daba lo que le pedía, con el tiempo entendía el porqué. Por eso, diariamente, le he dado gracias por todo.

Otras consignas más populares y no menos acertadas son “no te arrepientas de nada porque de todo se aprende” y “no quieras cambiar nada de tu pasado”. Siempre estuve de acuerdo con ambas, pues formaban parte de llevar una vida de agradecimiento con Dios por todo lo bueno que me había dado.

De repente, llegó el día más horrible de mi vida: 3 de julio de 2018. Le rogué a Dios mil veces, millones de veces, infinitas veces, más que ningún otro día, que curara a mi beba. Lloré, supliqué, “lo tenía sordo”, le hice promesas… y nada. No soy religiosa porque no practico ninguna religión, pero sí creo en Dios y tengo mucha fe. Nunca me había fallado. Ese día me sentí tan abandonada...

¿Pasó lo que tenía que pasar?

Dios me apretó y me ahogó. 

Me arrepiento de no haber sido capaz de ver las señales de que algo andaba mal, muy mal. 

Y hoy, mientras escribo, SÍ cambiaría algo de mi pasado, así en mayúsculas: SÍ CAMBIARÍA EL HECHO DE QUE MI ESTEFA SE HAYA IDO DE MI VIDA.

Todavía me parece mentira, todas mis noches son de mentira. La única noche que no dormí con ella fue su última noche en este planeta. Ahora me quedo dormida no por sueño, sino cuando me rindo tras la batalla de pensamientos y recuerdos que me asalta sin tregua casi hasta el amanecer o cuando las lágrimas vencen a mis ojos que ya no pueden dar más.  

Entonces, ¿fue 2018 el peor año? Mi mente y mi corazón responden de una vez que sí. Sin embargo, mi memoria me trae los mejores recuerdos vividos antes de esa fecha espantosa y le sigo dando gracias a Dios por haberlos disfrutado con mi beba. No todo fue malo; al contrario, todo iba tan bien, tan perfectamente bien. Mis hijos creciendo, aprendiendo.

Hay dos cosas curiosas que me pasaron. Una vez me preguntaron, en diciembre de 2017, cómo y dónde me veía en unos seis meses y mi respuesta fue “no sé, no sé si nos iremos del país, falta el pasaporte de la beba, quiero volver a trabajar, pero todo depende del horario de la escuela porque ella va a empezar el preescolar; la verdad no sé”. Quizá mi inconsciente “sí sabía” que algo horrible me esperaba.

Lo otro es que una tarde, de la nada, viendo a mis hijos jugar en la sala de mi casa, le pregunté a Saúl “¿te acordáis cuando no teníamos a Estefa? Jugabas solito, ahora no podríamos estar sin ella”. ¿Por qué le pregunté eso así de pronto? ¿Mi inconsciente me estaba tratando de advertir el horror que estaba por venir?

“Dios les da las batallas más difíciles a sus mejores soldados”. Si eso es cierto, yo hubiera preferido ser el peor soldado del mundo y seguir con mi hija. Al menos así pienso hoy, cuando sufro día a día este reto para seguir adelante. "Sigue luchando que al final Dios te recompensará"... ¡¿Cómo se puede recompensar la muerte de un hijo?!

No sé si llegaré a entender la tragedia que me tocó. Sigo sin aceptar, sin creer. Yo espero que Estefanía me llame en cualquier momento y venga corriendo a pedirme que la cargue. Si después algún entendimiento llega a mí, lo escribiré. Mientras tanto, el mundo sigue sin girar, porque mi niña no está.

Por otro lado, me queda la satisfacción de esos bonitos recuerdos. Me alegra que Saúl, cuando hable de su infancia, recuerde que por más de dos años y medio fue hermano mayor y escogió el nombre de Estefanía; y también supimos lo que era criar una niña, ¡tuvimos nuestra hembrita!, aunque me quedé con las ganas de más, de mucho más, de vivir todo con ella, mi reina. Cada segundo que respiro es un segundo menos que tengo que esperar para volverla a ver.

Adiós 2018. No vas a ser nunca un año para el olvido: serás el año con el peor día de mi historia, el día que me grabó en el pecho un sentimiento de culpa para siempre, el día del antes y después de.






Ay, mi beba, me dejaste tan sola... Eras mi compañera cada segundo, día y noche; y, si nos separábamos un rato, tu carita de emoción al verme era única. Me hacías sentir importante de verdad. Me hace tanta falta tu amor 💔 





sábado, 1 de diciembre de 2018

En yoga hasta donde llegue

Tengo que hacer algo por mí. Esa fue la decisión y empecé el 22 de octubre. Siempre me ha llamado la atención el yoga, especialmente por todo el tema espiritual que implica. Así empecé a salir del encierro, al menos por unas horas a la semana, después del día más triste de mi vida.

Unos días antes de iniciar el curso, vi el documental “On Yoga, the Architecture of Peace” (Acerca del Yoga, la Arquitectura de la Paz). De él, les comparto lo que más me tocó el corazón:

“En resumidas cuentas, el miedo es el miedo a la muerte. Quiero decir, es nuestro mayor miedo en la vida (…) Así que cuando dominamos el miedo a la muerte somos libres. Es esa comprensión del miedo lo que nos hace no tener más miedo. Seguimos adelante y cuando llegue nuestra hora estaremos preparados, porque a esas alturas ya no puedes retroceder, sigues adelante y vas dejando atrás todo el miedo y confiando en lo que hiciste durante la vida. Es nuestra oportunidad de ser libres. Pienso que por eso estamos aquí, para aprender eso. Es un poco irónico, nacemos para aprender a morir”.- Dra. Linda Lancaster, fundadora del Light Harmonics Institute.

 “Mira, la muerte es aterradora. Es tan aterradora para mí como lo es para ti, para todo y para todos. Tan solo es la experiencia de estar contigo mismo, de estar con tu respiración. Me refiero a que eso no te va a quitar el miedo a la muerte, tan solo va a darle un sentido a la muerte, porque es un momento de transición. Si hay energía y hay una chispa y creemos en ella, todo lo que estamos dejando atrás es un cuerpo. Lo que se irá con nosotros son nuestras experiencias”.- Michael O’Neill, fotógrafo.

Ese documental y la decisión de no quererme morir encerrada de dolor me motivaron a empezar el curso de yoga. Tomando en cuenta eso y que no soy nada flexible o que nunca he practicado ningún deporte, tenía muchas expectativas.

Para mí, el yoga implicaba, más que todo, relajación, meditación, paz mental. En parte, es eso; pero, hay otra cara de la moneda que me ha sorprendido. Aquí les voy a contar cómo va todo.

La música relajante de fondo y el olor a incienso enmarcan ese ambiente bohemio que nunca ha sido ajeno a mí. Una entrenadora amable y con voz dulce me transmite la confianza que necesito. Recuerdo que en la primera clase me enseñó la importancia de la respiración y comenzamos. Agradecimos a nuestro cuerpo por ser nuestro templo, por un nuevo día, por muchas cosas en general –yo me encomendé a Dios y le pedí que me protegiera de alguna lesión- y empezó lo bueno: la práctica.

Yo nunca me forzaría a hacer cosas que considere difíciles. Dejé claro, desde el inicio, que soy (súper) principiante: si no puedo, no puedo y debo "escuchar" mi cuerpo. Pero mi intención es aprender así que di, y sigo dando, lo mejor de mí. 

El saludo al sol, o Surya Namaskar, es una secuencia de posturas o asanas no tan complicadas. Con eso empezamos la mayoría de las clases y de ahí uno va realizando lo que diga la instructora.

El yoga son detalles y los detalles -como en todo- son importantes, más aún para evitar lesiones. Mis sorpresas empezaron al sentirme más pesada de lo que realmente soy. Jamás imaginé que alzar mis brazos y mantenerlos estirados se sentiría como levantar unos treinta kilos.

“El yoga no duele”, eso dicen los expertos. ¡Pero a mí sí me duele! Ahora, yo no quiero que el remedio sea peor que la enfermedad. “Concéntrate en la respiración con cada postura”. Esta parte ha sido una de las más difíciles, pues mantener mi mente calladita es casi una misión imposible.

“Lo estoy haciendo todo mal”, “me voy a lesionar”, “más o menos ¿cuándo es que uno se relaja?”, “a ella como que se le olvidó que yo soy principiante”, y así mi mente inquieta me habla sin parar a medida que intento hacer las asanas lo mejor que puedo. Ahí está el reto y es mi objetivo: ser un poquito más flexible y resistente y, poco a poco, aprender a desconectar mi mente y concentrarme en mi respiración y mi cuerpo, en el -tan mentado- aquí y el ahora y, más adelante, poder meditar.

Les aseguro que me levanto y me visto con ese entusiasmo inusual en mí en medio de mi tristeza, voy dispuesta a dar el cien por ciento… pero, hay posturas en las que el cuerpo sencillamente no me da y aquí sí que no vale positivismo ni buenas vibras: si soy tiesa, soy tiesa; aunque, me pronostican que voy a mejorar. Si logro tocarme algún día los dedos de los pies, o al menos arribita de los tobillos, en el saludo al sol, les contaré.

Yo no pretendo ser contorsionista, quiero lograr esa paz mental que el yoga promete. Es un trabajo de hormiguita, pero no imposible. Quiero prosperar en esta actividad, al menos es una meta, la primera que me propongo después del fatídico 3-7-18. Haré mi mejor esfuerzo en cada práctica. Es algo que quiero lograr por mí, solamente por mí y para mí, con todo el egoísmo que ello implica. Si, como dijo la Dra. Lancaster, vivimos para aprender a morir, yo espero que el yoga me enseñe a hacer las cosas bien para dejar todo listo cuando me tenga que ir. Porque el yoga no solo son posturas y meditación: el yoga se aplica en muchos aspectos de la vida (los invito a leer sobre el tema, porque me quedaría más largo este escrito si les explico por aquí).

Las clases terminan con mi parte favorita: la relajación. Nos desplomamos en el mat (esa alfombrita alargada donde siento que me exprimen la columna), cerramos los ojos y –por fin- un poco de relax. Es la postura savasana. Ahí es donde siento que, a pesar de los errores, di el 200% y pienso que vale la pena continuar.

Por lo pronto, les comparto unas foticos de lo que he conseguido (o medio conseguido) como aprendiz de yoguini. En muchas verán mi carita relajada, aunque la verdad mi cuerpo y mente lo que están rogando es que la entrenadora saque rápido la bendita foto porque unos segundos más y serían bloopers en vez de fotografías. En conclusión, el yoga no es fácil, pero me gusta. Vamos a ver hasta dónde llego. Namasté.

PD: Gracias a mi instructora, Silvia Pacheco, por las fotos.









Wish you were here...

 Estefa me hace falta todos los días. La quisiera cargar porque me dejó en ese momento cuando todavía los niños se cargan, así pesen y te du...