domingo, 27 de mayo de 2018

El billete malquerido

Uno de los legados más fastidiosos de esta dizque revolución venezolana es la costumbre de amoldarnos a lo malo: No hay comida, no comemos; no hay medicina, nos curamos solos (o nos morimos); no hay papel, nos lavamos; hay que hacer cola, la hacemos; no hay transporte, caminamos; no hay dinero, lo compramos ¡STOP! ¿Lo compramos? Sí, absurdo pero cierto. En este país rico compramos el dinero en efectivo. Empezamos pagando la mitad de lo que necesitábamos, ahora pagamos como el triple de lo que precisamos. Una locura, pero “la aceptamos”.

El pesimismo, el conformismo, el “que se maten ellos-ismo” nos ha vuelto, incluso, mezquinos. El “yo te brindo”, tan popular entre panas, va a quedar como un bonito recuerdo del pasado cuando “éramos felices y no sabíamos”, frase vuelta un cliché reloaded en estos tiempos.

Imagínense la hora del recreo en un liceo. El amigo quiere agradar a su amiga con un refresco y una dona. Quiere lucirse porque la joven le gusta, obviamente. La cantina no tiene punto de venta, el chamo, tampoco, una cuenta en el banco con su respectiva tarjeta de débito. Entonces en la media hora del receso escolar el joven debe avisar a su papá –que seguro está ocupado trabajando- que por favor le haga una transferencia rápido porque la señora de la cantina no le despacha el pedido si no ve el “capture” del pago y la chama se está aburriendo porque tiene hambre además el recreo está por acabarse y tienen que repasar para el examen de química y ya van a tocar el timbre y no le ha dado tiempo ni siquiera de piropear a la muchacha y… Estrés. Así, sin puntos ni comas, sin pausas. Así de estresante es hacer la mínima compra en este país, pues el anhelado efectivo brilla por su ausencia.

El billete de cien bolívares se ha vuelto nada. Ha sido aporreado moralmente. Sacado y metido de circulación a la fuerza tantas veces en tan poco tiempo que ya nadie lo quiere y él solito ha decidido desaparecer, tanto así que ya nadie lo extraña. Y los de menos denominación no merecen ni siquiera un mal recuerdo.

En el último viaje en autobús que hice, el pobre colector parecía que odiaba al mundo entero. Mostraba una expresión de pocos amigos cada vez que alguien le pagaba el pasaje. Todavía había un poquito de efectivo en la calle (septiembre 2017). A él le calculo poco más de veinte años. Sus manos y dedos parecían tener vida propia de tanto contar dinero en las gruesas pacas de billetes devaluados. Y el ceño fruncido para siempre. Esperemos que no nos pase como a él, que se va poniendo viejo poco a poco acostumbrado al mal humor y al tedio de la rutina. Aunque, quizá, ya debe haber modernizado su angustia, pidiendo “captures” y dando números de cuenta para las respectivas transferencias. O ya se las habrá ingeniado para convertir en negocio ser uno de los privilegiados que aún, quizás, recibe bolívares en efectivo ¿Será?


PD: Ya viene otra reconversión. Ya veremos cómo será el caos.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Slash en Caracas

A mí me gustaba Menudo. Los de mi generación eran rockeros. En cada entrevista nombraban sus bandas favoritas. Yo tenía diez años cuando escuché por primera vez  Guns N’ Roses. Menudo se acabó de pronto por un escándalo, pero ya yo había descubierto  -gracias a ellos-  la música que sería el soundtrack de mi vida: el Heavy Metal.

De GN’R, mi favorito era (y sigue siendo) el guitarrista, Slash. “¡Pero si no se le ve la cara!”… Whatever. Mientras todas suspiraban por Axl, a mí me gustaba Slash. Y punto.

El 25 de noviembre de 1992, miércoles, GN’R se presentó en el Poliedro de Caracas. No pude ir. La entrada costaba 2.500 bolívares (de los arcaicos) y yo tenía trece años, es decir, mucho dinero y yo muy chiquita. Lloré bastante, pero fue imposible.

Iron Maiden, Metallica, Poison, Bon Jovi y un largo etcétera de bandas visitaron también el país. Unas buenas, otras no tanto. Yo quería estar en todos los conciertos, pero había otras prioridades. Además, ya había superado no haber podido ir al concierto de Guns… Hasta que en diciembre de 2010 (añales más tarde), Slash anunció un concierto en Caracas como parte de la gira con su banda por Suramérica. ¡Yo tenía que ir esta vez!

Después de la respectiva exaltación por la noticia, llamadas telefónicas, depósitos en banco y contar con el apoyo de mi esposito, solamente me quedaba esperar tres largos meses. El 31 de marzo de 2011 era la fecha.

El tour que iba a salir no salió. La solución del encargado fue que el grupo de diez fanáticos varados viajáramos en autobús desde el terminal de Maracaibo hasta Caracas. Fueron quince horas de un interminable trayecto, lleno de alcabalas, fallas mecánicas y mucha ansiedad. De paso, sería mi primera vez en la capital (lo único que puedo decir que conocí bien fue el terminal de pasajeros, el Sambil y el Metro).

Pasamos el día mirando vidrieras. Y llegó la noche. De más está decir que mi entrada era VIP. Los diez fanáticos nos dispersamos en el auditorio, cada cual en su respectivo puesto. La muchacha de protocolo me ubicó lejos de la tarima y yo no entendí. Se supone que pagué para estar en primera fila. Hice el respectivo reclamo que casi se convierte en trifulca, hasta que me dieron mi lugar. Casualidad, uno de los compañeros del tour estaba en la misma situación; así que nos apoyamos mutuamente y entre los dos dejamos claro que habíamos hecho una inversión para disfrutar del concierto como Dios manda. Y así fue. Apenas se apagaron las luces y empezó la musiquita de suspenso para anunciar que ya pronto uno de mis sueños se haría realidad, casi le arranco el brazo al chamo al aparecer la silueta: “¡YA LO VI, YA LO VI!”, brinqué de emoción. Había soñado con ese momento desde niña. Luego del fiasco del ’92, veía remota la posibilidad de ver en persona a mi ídolo greñudo, con su sombrero negro de copa y lentes oscuros. Pero ahí estaba, tocando majestuosamente su guitarra y yo babeándome en primera fila. Espectacular.

“Entre Slash y yo, solamente, el tipo de seguridad”. Así le explicaba a quienes me preguntaban qué tan cerca estaba de la tarima. Canté, bailé, grité; sorpresivamente, no lloré. Pensé que me pasaría como a las fanáticas lloronas de Menudo que se desmayaban en los conciertos, pero yo tenía mucho que disfrutar para andar soltando lágrimas.

 Al salir, cuando nos encontramos nuevamente los diez del tour, me dijeron que aparecí varias veces en la pantalla gigante del escenario. Es que me imagino que mi euforia no tenía comparación y el camarógrafo quería que todos se contagiaran de mi alegría extrema… La risa no se me borraba.  Fue mi noche.

Aunque no lo vi con el resto de los gunners, Slash tocó muchas canciones clásicas de Guns N’ Roses en una noche inolvidable que, además, ¡tuvo segunda parte!… 

Finalizo este cuento agradeciendo el apoyo de mi suegra que, por cuestiones logísticas, terminó alojándonos en su casa a la mayoría del grupo que me acompañó y, por supuesto, a mi esposo y mis papás que cuidaron de mi pequeñín mientras yo vivía uno de los momentos más esperados de mi vida.

PD: A los diez años fui a un concierto de mis Menudos y, a los 18, fui a El Reencuentro (en este último también en primera fila)

miércoles, 16 de mayo de 2018

El título más largo...


Ironías de la vida: Un militar del ejército me dejó una gran enseñanza. No tanto por su trascendencia, sino por lo útil de sus palabras.

Yo estaba recién graduada (2001) y me consiguieron una entrevista de trabajo. La primera. El único detalle es que era en Trujillo, estado Trujillo, y con militares… Bueno, me armé de valor, hice mi maleta y me fui. Aunque tenía en mi mente una condición muy clara para aceptar un empleo lejos de mi familia y con militares: el sueldo tenía que ser muy alto.

Llegué al lugar acompañada del intermediario. Me presentó al ¿comandante? No recuerdo exactamente, pero era el jefe, el de más jerarquía en el lugar. Fue muy amable, aunque creo que le parecí muy novata. Además, siempre he tenido esta cara de “niña”, por lo que seguramente me vio y supo en qué terminaría todo. Sin embargo, me senté frente a él, bien seria y derechita, a responder sus preguntas y escuchar su propuesta.

La primera parte de la conversación -mis respuestas- salió muy bien. La segunda parte -la propuesta- fue horrible. Un bombardeo de tareas que me tocaría hacer si aceptaba ser la periodista encargada de mil cosas coordinadas por el -creo que hoy extinto- Plan Bolívar 2000.

Cuando empezó la descripción de tareas y de mi función en ellas, yo asentía con aplomo y seguridad. Yo juraba que mi imagen proyectaba “todo bien, todo perfecto, entiendo todo, así lo haré”. En verdad, solamente movía mi cabeza de arriba a abajo y lo que pasaba por mi mente era “guácala, yo no quiero hacer nada de eso”.

El tipo seguía hablando y hablando y yo asintiendo. De pronto, me descubrí pensando en mi casa, en todos esos uniformados ahí y yo lejos de todo y, simplemente, dejé de escuchar la propuesta de trabajo. Mi mente se fue a otra galaxia y el capitán-comandante-teniente-sargento o qué sé yo del ejército seguía hablando y hablando. Hasta que en una de esas mi cara tuvo que delatarme. No sé. Y él me dijo que todos sus subordinados sabían que la mente no podía guardar ni recordar tantas cosas por hacer y por eso él les ordenaba tener en el bolsillo de la camisa una libretica con un escrito pegado en la tapa: “la memoria es más frágil que el papel”. Llamó a un soldadito que estaba cerca para que hiciera una demostración. El joven militar, moreno me acuerdo, metió la mano en su bolsillo, de donde también prendía un bolígrafo, y me enseñó la libreta con el papel pegado: “la memoria es más frágil que el papel”.

Yo estaba tan ida que pensé “ajá ¿y este cuento de la libreta a qué viene?”. Otra vez, supongo, el jerarca militar notó mi cara de interrogación y me explicó: “Tengo como veinte minutos diciendo lo que tendrá que hacer y usted no ha anotado nada”. En ese momento aterricé. Solté una sonrisa nerviosa y miré mis manos sobre mis piernas que sostenían una libreta y un bolígrafo que había sacado de mi cartera, pero que no abrí en ningún momento para anotar nada.

Me dio pena y le confirmé con mi cara muy dura: “Yo entendí todo”. El señor (cuyos apellidos me reservo, pero que sí recuerdo, por cierto) siempre fue muy amable y caballero. Me invitó a estar un rato con el equipo de trabajo para ir conociendo el lugar y a mis “futuros compañeros”. ¡¿Me había dado el cargo?! Todo dependía de que yo aceptara.

Fui a una especie de galpón. Vi a la gente en acción. Horrible todo. No era lo mío. Lo único que me daba vueltas en la cabeza -de tantas cosas al frente de las cuales yo estaría al mando- era coordinar una emisora de radio donde solamente sonaría vallenato, por órdenes militares, pues era la música predilecta de la comunidad. Auxilio. También recuerdo el sueldo. Era bastante, más de lo que esperaba. Pero no pude. Me despedí amablemente sin decir más nada. Obviamente, no acepté. No pude y no me arrepiento.

Aprendí mi lección ese día y desde entonces anoto todo para no olvidar. Escribo para recordar porque, en efecto, la memoria es más frágil que el papel. Por eso, si les parece largo el nombre de este blog, anótenlo para que no se les olvide.

Y ¿por qué es irónico que un militar me haya dejado tal enseñanza? Porque simplemente no pensé que un uniformado me enseñara nada. Así de sencillo.


lunes, 14 de mayo de 2018

Bendita Lluvia


Yo conocí dos Maracaibos. La ciudad, con edificios, urbanizaciones, centros comerciales. La ciudad “bonita”, “normal”. Pero, también conocí la otra Maracaibo: la de los barrios, casas de zinc y hasta cartón; sin pisos y hasta sin techos. La ciudad “fea”. Un duro contraste.

Yo vi muchos muertos como periodista. Escenas macabras que no se me olvidan. También, escenas vivas de miseria, pobreza y hambre -que hoy deben estar multiplicadas-. Estas me angustiaban más. Total, el muerto ya no sentía; los habitantes de esos barrios, sí. Imaginar que la gente de esas dos Maracaibos coincidiera me parecía imposible. Tenía la certeza de que los primeros ni pensaban remotamente en la existencia de los segundos. En fin…

Diez años después, Maracaibo está toda fea. La basura manda. Y, como toda Venezuela, es un territorio donde impera la ley de “sálvese quien pueda”.

De esa época recorriendo Maracaibo y sus alrededores, me sorprende cómo situaciones que yo creía únicas e insólitas -dentro de mi ingenuidad e ignorancia- se repiten hoy en todas partes. En pleno 2018:

“Almorzamos arroz con auyama hervida”, me dijo la señora mientras revolvía la mezcla blanca y naranja en la paila hirviendo. “¿Cómo pueden alimentarse así? ¿Sin pollo ni carne? ¡Eso no llena!”, y mil inquietudes más asaltaban mi mente.

“Llenamos pipas y tanques con el agua de lluvia”, me dijo la señora -indígena esta vez- mientras me enseñaba la lata de zinc dispuesta como un canal por donde bajaba el agua del cielo a los recipientes. “¿Usan agua de lluvia? ¿Y si no llueve? ¿Se pueden beber esa agua?”, y así mi mente tejía otra enredadera de preguntas llenas de estupor.

Diez años después, mucha gente, no necesariamente de barrios marabinos, sino de cualquier parte, se siente privilegiada de poder comer arroz o auyama. “Ya se me olvidó el sabor del pollo”, me han dicho. Me pregunto, ¿aquella señora seguirá comiendo su mezcla de arroz y auyama?

Ayer cayó un aguacero. Un palo de agua. Se fue la luz y se metió el agua por la ventana de mi cuarto. Eran las seis de la mañana. Sequé el charco y me acosté a dormir con truenos y relámpagos. Cuando desperté fue inevitable recordar a la señora indígena y su método de recolección de agua. “Llenamos el tanque, por fin”, escuché. “¿Será que llegó el agua?”, pensé. Pues no: La gente aprovechó el agua de lluvia para surtirse ante la escasez del vital líquido que ya tiene las tuberías secas.

“¿Vos por qué no agarraste agua?”, me preguntaron en la tardecita. Si no hubiera leído tantos mensajes de gente diciendo que llenó tanques, que se bañó “bien”, que se lavó el pelo, que ahora sí podrá lavar ropa, que por fin tiene agua, mi respuesta hubiera sido “miarma, pa’ qué”. Lo que respondí, a modo de excusa improvisada, fue “no tengo pipas y no iba a llenar el tanque porque no sé si es seguro usar esa agua”. Y en verdad no lo sé. Para la próxima agarro agua para limpiar, no está de más.

Lo que me asombra es pensar que hace diez años yo veía como un hecho aislado, único, insólito, un último y desesperado recurso de una población indígena, olvidada y acostumbrada a sobrevivir en medio de carencias, esperar la lluvia para tener agua y hoy, en pleno 2018, gente de cualquier estrato social salió la madrugada del viernes 4 de mayo, a agarrar la lluvia anunciada con truenos y relámpagos. ¿A dónde hemos llegado? ¿Qué más me tocará ver que antes me haya parecido insólito cuando trabajaba en Maracaibo? Dios nos proteja.


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 Estefa me hace falta todos los días. La quisiera cargar porque me dejó en ese momento cuando todavía los niños se cargan, así pesen y te du...