Cada vez que se acerca esta fecha siento como si llegara a la cima de una montaña donde me espera el peor recuerdo de mi vida. Es como un fin de año siempre triste. Es recordar el final de una etapa hermosa de mi vida, donde todo era tranquilidad y alegría, y empezar una vida que jamás soñé, donde Estefa ya no estaba más físicamente.
Es revivir esa sensación de vacío, de abandono, de soledad; ese salto en el estómago que, por más que le ha dado paso al sosiego, es inevitable que reaparezca cuando el calendario marca la oscura fecha del 3 de julio.
Al mismo tiempo, este día regresa a mí un sinfín de rostros llenos de compasión que se esmeraban por brindarme un poco de consuelo.
Hoy les quiero agradecer nuevamente a todas esas personas que me acompañaron en el peor día de mi vida. No los olvido y de corazón deseo que el universo les retribuya en amor y salud sus buenas intenciones.
He aprendido a vivir abrazando la tristeza, reconociendo que en cualquier momento se pueden detonar las lágrimas, pero confiando en el reencuentro espiritual con mi hija preciosa.
No he superado nada porque no hay nada que superar. Simplemente, he aceptado esta difícil prueba de continuar sin un pedazo de mi corazón y renacer todos los amaneceres que me quedan.
Estefanía, mi reina, mi beba, mi niña hermosa, te llevo siempre conmigo, en mis pensamientos, en mis sentimientos, en mis sueños, en todo mi ser. Siempre te voy a dedicar mis alegrías y mis éxitos, porque sois esa chispa eterna de luz y energía que por siempre brillará en mi alma. Te amo eternamente.


