domingo, 27 de junio de 2021

Fátima

Alumno: Sí, ahí como que sale un fantasma
Alumna: Esa historia es viejísima…
Profesor: A mí no me gusta hablar de eso


“Fátima”


Otra vez se atrasaron en el pago de los profesores. Y, como siempre, amenazan con un paro. El mismo grupito de encapuchados tira unas cuantas piedras y, si son muy inconscientes, queman el primer camión que se les atraviese.
En las aulas, por su lado, los estudiantes escuchan clases. Algunos se duermen porque no aguantan los trasnochos. Otros se salen a mitad de la hora porque el profesor los aburre o no les interesa el tema. También puede ser que los estén esperando afuera o tengan algo que hacer. Siempre, al menos uno, se va antes.
Hay horas cuando en los pasillos la gente se grita para escucharse y se empujan para pasar. Pero hay horas cuando todo es tranquilidad. Sólo camina apurado algún estudiante que se quedó dormido o se le hizo tarde.
En las oficinas, los empleados trabajan y toman café. Los choferes de los autobuses aprovechan las horas de clase para hacer cualquier diligencia o descansar, antes de cumplir con su trabajo de transportar a los bachilleres; por supuesto, aquellos sin carro o a quienes nadie puede buscar o viven muy lejos.
La universidad venezolana es muy típica: todos los alumnos aseguran que la suya es la mejor, no importan paros, huelgas, disturbios. Al contrario, esas son imágenes propias de ella. Además, se impone señorial en medio de una ciudad casi siempre congestionada.
No obstante, a pesar de lo común y cotidiana que pudiera parecer esta descripción, también existe un lado oscuro, inexplicable; conocido igual, pero, del más allá…

- * -

La Facultad de Humanidades y Educación de La Universidad del Zulia me encantó desde el primer día. Yo soy muy clásica y tradicional en ciertos aspectos. Y esta facultad tenía el fiel ambiente revolucionario y bohemio de esta parte de la universidad: Pelilargos, pancartas, murales, olor a incienso. Definitivamente, eran mi facultad y mi escuela.
Yo estudié Comunicación Social. Soy Periodista. Y, desde que recuerdo, escuché hablar de ella, de Fátima.


- Dayana, ¿cuántas materias de fotografía veis vos?
- Como cuatro, creo
- Ese laboratorio y que está embrujado. Como que espantan.


¡Susto! Lo admito. Me da miedo la oscuridad y ese tipo de historias. Pero la emoción de estar estudiando la carrera más bella del mundo opacaba cualquier temor. Por lo menos, eso era lo que yo pensaba.
En los tres primeros semestres me di cuenta de que la carrera no era tan fácil como decían. Igual me seguía gustando. Solamente me preocupaba no tener cámara para el próximo semestre, pues iba a ver la primera materia de fotografía.

- * -

Afortunadamente, un amigo me prestó su cámara –la mejor cámara del mundo- y me salvó la vida.
El profesor de Introducción a la Fotografía era único, como su manera de enseñar. Y fue mucho lo que aprendí. Todavía recuerdo mi primer revelado en el laboratorio, el copiado, todo.


- ¿Dónde es que espantan?
- No sé. Creo que es en el estudio o en el salón.


El cuento del fantasma se me había olvidado. No sabía yo ni dónde era que salía. Total, a mí no me asustó nada. Es más, ahora el tema del fantasma sonaba más al cuento infantil del coco. No decían nada concreto y nombraban al fantasmita con tanto descuido… Pasé semestres completos sin oír hablar de él. No era como al principio de la carrera. Empecé a pensar que me habían engañado vulgarmente. Aunque en el fondo algo me inquietaba, era casi imperceptible. Y de repente no se sintió más, ¿qué fantasma?
- * -

Octavo semestre. Fotoperiodismo. Ya había cursado Comunicación Fotográfica, fue una materia más fashion que cualquier otra. Tal vez por el profesor. Además, las prácticas eran en el estudio, no en el laboratorio.
- ¿Cómo era que se llamaba el fantasma?
- Fanny, Fátima
- Fátima. ¿Dónde es que sale? ¿En el pasillo?
- No, en el laboratorio. Y a este profe como que le ha salido


El profesor de Fotoperiodismo solía considerar a sus alumnos sus hijos. Pero era un padre muy estricto. Comprensivo, pero estricto. Todo trabajo malo se repetía hasta que él dijera. Lo cierto era que debíamos recordar los conocimientos de Introducción a la Fotografía, en materia de revelado, foto-contacto y copiado. Entrar otra vez al laboratorio me emocionó. El olor de los químicos, el cuidado con el papel para no velarlo, el frío del aire acondicionado que a veces se congelaba, los tanques, las butacas, las ampliadoras, las luces rojas, la oscuridad… y ella.
- Una vez una muchacha le preguntó al profe por Fátima y se puso serio.
- ¿Por qué?
- No sé. Él como que la ha visto o algo, porque siempre evita el tema.
- Uy.



Entonces todo el mundo hablaba de ella, y ahora la nombraban la “muerta”: se le apareció a no sé quién, sale todos los días, es en el laboratorio y el pasillo donde sale, hace cosquillas, se oyen pasos, el profe sí sabe de ella… Todos la mencionaban. Todos se sabían el cuento. Desde profesores hasta empleados. “Cuidado cuando entren al laboratorio”, se escuchaba. Menos mal que yo entraba de tarde y no de noche al laboratorio. Muchos de los comentarios, sin embargo, eran despreocupados: Hablaban por curiosidad o para no sentirse ajenos al tema. La verdad es que una vez dentro del laboratorio todos callaban y a trabajar. El tiempo apremiaba, el profesor exigía y la tarea era delicada. De nuevo me sentí como en el cuarto semestre: tranquila y segura y me movía con destreza en el laboratorio. Hasta aquella práctica…
- * -

Por muy de día que fuera, en el laboratorio parecía de noche. Obviamente, estaba oscuro y frío. El sitio tenía una forma rectangular. Las ampliadoras –especie de lámparas con base cuadrada y cuello largo- están ubicadas como cinco o seis a cada lado. En medio, un largo lavadero con las bandejas de químicos. A un extremo del salón, la puerta; y, al otro, el aire acondicionado. Es un cuarto angosto y como de cuatro metros de largo. Cuando menos me lo esperaba, pasó algo muy raro. En el laboratorio, después de apagar la luz, se revelaba y, al terminar, se encendían dos o tres bombillos rojos para copiar. Un día, el profesor no entró con nosotros, sino su ayudante, una muchacha. Esa vez ella nos aclaraba algunas dudas y todos atendíamos, aunque no se veía nada. Como íbamos a copiar, sacamos el papel de los sobres. Claro, debíamos cuidar de no prender ninguna ampliadora –pues tienen luz eléctrica- para no dañarlo. La ayudante del profesor estaba sentada a un extremo del lavadero; los alumnos, ubicados por pareja, al lado de las máquinas. Yo estaba en la última, al lado del aire…

- ¡¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhh!!!!
- ¿Quién prendió la ampliadora?
- ¡Cuidado! ¡Guarden el papel!
- ¡Le voy a decir al profesor que están prendiendo las ampliadoras!
- ¡No! ¡Ahí no hay nadie!
- ¡En esa ampliadora no hay nadie!
- ¡Apáguenla!



Estaba justo frente a mí. Al otro lado del aire. El estupor me llegó a los tuétanos. Efectivamente, allí no había nadie. ¿Y entonces? Al fin terminamos la práctica. El susto no se me pasó. Para mí, ésa fue mi experiencia con Fátima, uno de mis peores sobresaltos.
- * -

“Esa ampliadora estaba mala” es una explicación creíble, pero demasiado científica. Además, no estaba dañada, entre otras cosas: Casualmente, el profesor volvió a poner su cara de “a mí no me gusta hablar de eso” cuando le comentaron el hecho; casualmente, una compañera había usado esa misma ampliadora para hacer un foto-contacto que salió borroso y los negativos estaban perfectos, el profesor fue testigo; y, casualmente, esta misma compañera, en esa misma ampliadora, recordó que el profesor le preguntó en una práctica – a oscuras, como siempre- quién estaba a su lado y ella estaba sola. Él porfiaba y porfiaba y ella respondía que estaba sola. ¿Será que él veía a alguien?

- Menos mal que pasamos la materia.
- No quiero entrar más al laboratorio.
- El profesor, definitivamente, sabe algo.



Últimos meses de mi carrera. Ahora todo era anécdotas, aunque igual erizaban la piel y provocaban carcajadas temblorosas. Aparecían preguntas y respuestas inseguras con respecto a Fátima. ¿Quién era esa muchacha? Dicen que se suicidó. Que tomó una vez fotografías en una casa abandonada de Maracaibo y al revelarlas aparecieron personas y entonces se ahorcó. Son rumores, suposiciones. Yo no conozco la verdad. Pero aquel profesor la respeta, sin duda. Lo último que supe fue que espantó a una profesora en el pasillo del bloque donde está el laboratorio y que le agarró el tobillo a una amiga. Sin querer, me di cuenta de que en los tiempos de Introducción a la Fotografía yo tomé una foto en ese pasillo y me salió movida, extraña. Ya me gradué y no sé más nada. Ésta es sólo una de las muchas historias tétricas de la universidad. Forman parte del acervo universitario. La leyenda de Fátima es una muestra y, si quiere comprobarla, vaya al bloque “C” de la Facultad de Humanidades y Educación de La Universidad del Zulia. Camine. Al final, a mano derecha hay una puerta. Entre. Al frente, hay otra puerta, el estudio; a la izquierda, otra más con un bombillo rojo arriba, el laboratorio. Si la luz está encendida, no pase. Se pueden velar las fotografías…
- * -

Fin
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Esta historia es real
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Escrito por: Dayana González
2001
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Ahora, una suerte de epílogo... (2021)
Me gusta llamar este escrito "cuento", aunque como acaban de leer todo sucedió tal cual lo describí. Quienes me conocen saben que mía es la fortuna -bueno, eso es relativo- de tener memoria fotográfica y, cuando las musas me visitan, mi pluma se desborda, especialmente para contar anécdotas de mi vida. Así que créanme que todo sucedió como lo leyeron.
No descarto la idea original de publicarlo en un libro y, si no se puede, pues aquí está publicado. Así celebro el Día del Periodista en Venezuela y nuevamente, porque ya lo hice en mi Instagram (@dayabi_), los 20 años de mi título de Periodista.

El original en papel

La foto que salió movida

El año de la foto y mi experiencia con Fátima

La autora, 2021

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 Estefa me hace falta todos los días. La quisiera cargar porque me dejó en ese momento cuando todavía los niños se cargan, así pesen y te du...