"Todos tenemos una fecha y una hora cuando se nos partió la vida".
Anónimo.
¿Cómo pasar por alto el día más horrible del mundo?
"Ya pasaron dos años, ya está mucho mejor, poco a poco, ya se acostumbró".
Sí, pero no.
El 3 de julio de 2018 no solo me cambió la vida: siempre tendrá un significado funesto.
Mi corazón, desde entonces, es un pañuelo empapado de lágrimas que, cuando ya no puede más, se descarga en un río triste y caudaloso... Aún así, mi corazón es fuerte pues me mantiene viva estando roto.
Desde hace tiempo he querido escribir una anécdota, pero no sé cómo explicarla. Voy a intentarlo ahora en estas líneas que quise publicar en esta fecha.
Semanas antes de ese día oscuro, mi esposo, mis dos hijos y yo nos habíamos enfermado con el virus "que estaba dando" aquellos días. Malestar general, fiebre, etc. Aún débiles, llevamos a los niños a consulta con el pediatra. En ese tiempo -y todavía- los apagones en el país eran una constante.
Alrededor de las dos de la tarde, si mal no recuerdo, llegamos a la clínica. Preferimos esperar el ascensor porque subir dos pisos por las escaleras con el fastidio de la gripe no nos animaba mucho. Estábamos solamente nosotros cuatro dentro del ascensor y, de pronto, se fue la luz.
No fueron más de dos minutos, tiempo más que suficiente para que una sensación extraña e incómoda me invadiera. Yo quedé ciega, no entraba ni un hilo de luz al ascensor. El corazón se me aceleró. Era la oscuridad más tenebrosa. Penumbras. Lo primero que pensé fue que se nos acabara el oxígeno. Me asusté. Prendí la linterna del teléfono y alumbré a mis hijos. Mi esposo cargaba a mi beba. Ella tenía una cara de tranquilidad total. No dijo nada, ni se quejó. Mi hijo tenía una expresión más bien de aburrimiento. En cambio, si hubiera tenido un espejo, sé que mi cara mostraba una angustia extrema. El estrés casi me hace llorar.
Me alivió ver que mis hijos no le daban importancia al asunto. Golpeé la puerta del ascensor desesperada y escuché una voz de preocupación del otro lado. "¿Quién está ahí?", preguntó una mujer. "¡Una familia!", grité agitada. Al mismo tiempo, me di cuenta de que ya casi estábamos en el piso y no atascados en medio de las paredes. Eso significó esperanza. Y así como se fue, llegó la luz. Rápido. Todo fue muy rápido, pero para mí fue un momento eterno donde me atacó la incertidumbre y el miedo a morir asfixiados. Sentí la muerte cerca, a mi lado, acechándome, amenazándome... En efecto, la muerte estaba cerca.
Quise comentar esa anécdota varias veces, como algo casual, como algo que nos pasó, echarle una vez más la culpa al gobierno y su pésimo servicio de electricidad. Y lo hice: "se fue la luz y estábamos en el ascensor". Sin embargo, cuando quise explicar esa sensación rara y espantosa que acabo de describir, las palabras no me salían. Y todavía no sé si me quedé corta en este espacio tratando de sacar de mí ese recuerdo que se convirtió en la antesala del peor día de mi historia.
Dos años parecen mucho, pero no son nada. Mi niña me sigue visitando en sueños y son los sueños más bonitos que Dios me regala. Pasarán tres, cuatro, veinte, treinta años o los que sean y nunca voy a dejar de pensar ni de extrañar a mi beba. Los abrazos y besos que eran para ella siguen intactos, porque sé que los recibirá.
La esperanza del reencuentro también sigue en mí. Así como escuchar esa voz que me indicaba que alguien podía buscar ayuda para sacarnos del ascensor, así me aferro a la esperanza de volver a estar con mi reina y no separarme de ella nunca más.