Periodismo es la carrera más "bella". Esa frase la escuchaba mil veces cada vez que yo decía que quería estudiar Comunicación Social. Yo me imaginaba que las materias serían todas así tipo prácticas en estudios de televisión con micrófono en mano, hablando de música, deportes o viajes. En mi mente yo ratificaba: "eso debe ser bello".
Cuando empecé a estudiar, con mis muy tiernos 16 años, me llevé el primer chasco con lo "bello" de la carrera. Principios Básicos del Mercadeo. Horrible. Después vinieron Historia Contemporánea, Sistema Político, Técnicas de Investigación, Métodos Cuantitativos... Abrevio los nombres porque de bellas estas materias no tenían nada, ni el contenido ni el profesor (risas).
En fin, más temprano que tarde entendí que cada estudiante siempre asegura que su carrera es la más "bella". Y yo, particularmente, no me imagino nada bello estudiar Odontología o Ingeniería, por ejemplo. Lo cierto es que lo bello es poder estudiar y, por supuesto, graduarse de lo que uno de verdad quiere. Y ese fue mi caso, gracias a Dios.
Ejercer tampoco es "bello" todo el tiempo. Perdí la cuenta de todos los muertos ajenos que lloré en el sitio de los acontecimientos. El periodismo objetivo, frío e insensible no es lo mío: yo sí sufrí mucho en la calle; pero, también me divertí y, concluyo, que lo más bello es ver la satisfacción del público por la contribución del periodista, a través de una nota, en la solución de algún problema o por el logro de una respuesta esperada. Feliz Día del Periodista.
PD: Las materias más bellas para mí fueron Morfosintaxis I y II, los tres Talleres de Redacción, y todas las de Televisión, Fotografía y Radio. En ese orden.
Foto: Posando para el lente de mi querida Eilyn Velásquez, por allá en 2012, encaramada en lo que queda del elefante de hierro en el parque de Campo Alegría, Lagunillas.
Publicado originalmente el 27 de junio de 2017, en mi Facebook.
miércoles, 27 de junio de 2018
martes, 26 de junio de 2018
Venezuela se desdibuja
Yo crecí escuchando cuentos como estos: “Ahí
donde está ese edificio había un cine pequeño”, “ese centro comercial era un
terreno con puro monte”, “antes aquí no estaba esa urbanización, sino un
terreno vacío”… y mi mente de ocho o nueve años se imaginaba cómo había cambiado
mi ciudad, más poblada y grande entonces que en la época contada por mis papás.
Hoy, el que tiene nueve años es mi hijo
mayor. Los cuentos que él me oye son más o menos así: “ese edificio que se está
cayendo era tremendo centro comercial”, “esas casas abandonadas eran las más bonitas
por aquí”, “este basurero antes era un parque”…
Lo lógico era que yo estuviera contándole
cómo la modernidad y tecnología de estos tiempos estuvieran apoderándose de
todas las infraestructuras a nuestro alrededor. Pero no, nada de eso, todo lo
contrario. Ya ni las fachadas desteñidas de los comercios en el centro se
pueden mirar. Dan pena. Unas latas de zinc pintadas anuncian una zapatería o un
supermercado o lo que queda de ellos. Santamarías abajo como un domingo eterno.
Centros comerciales vacíos, carreteras rotas, semáforos que ya perdieron su
función, jardines sin flores… Eso sí, mucha gente caminando. Pero no por gusto
o por tanto que ver y comprar en los negocios. Nada más alejado de la realidad.
Caminan porque, sencillamente, no hay transporte. Bueno, sí hay, pero muy poco,
poquísimo. En mal estado o improvisado. Las propias “carcachas” llevan y traen
a quienes se atreven a montarse. Qué triste.
A mí nunca me ha gustado salir mucho de la
casa. Estoy tranquila en mi “búnker”. Así he sido siempre; pero, en estos
tiempos de revolución, cuando salgo, el choque con la realidad –de la cual soy
consciente- es inevitable. Será porque encerrada me sigo imaginando las cosas
como eran antes y ojos que no ven…
Y así está todo el país. Tengo como tres
años viendo novelas. Nunca las vi por falta de tiempo e interés. Como las están
repitiendo, y tengo tiempo e interés, me he puesto a verlas. Me gustan porque
me río bastante, pero al mismo tiempo me da una nostalgia ver cómo era el país… Porque esas novelas
reflejaban la realidad de Caracas que, estoy segura, ahorita está tan
desdibujada como el resto de Venezuela. Lamentable.
domingo, 17 de junio de 2018
A propósito del Mundial...
Digan lo que digan, el fútbol es el deporte
rey. Yo recuerdo la final de México ’86. Todos íbamos a Argentina. Luego, con Italia ’90, me empezó a gustar más este
deporte. Sin embargo, USA ’94 fue el mundial que me marcó: Todavía recuerdo
jugadas y goles como si hubieran sido ayer y me “consagré” como fanática de
Italia por culpa de Paolo Maldini (💓). Y esa final, bueno, qué triste final.
Aunque tengo de italiana lo que tengo de
pelirroja, mi corazón se quedó con la squadra azzurra. Por supuesto, no pierdo
la fe de ver a la Vinotinto jugando un mundial. Así que no me importa que me
llamen pastelera mientras tanto. Además, esos con su patriotismo pavoso son los
que tienen a Venezuela marginada de estos súper eventos deportivos. Que cada
cual escoja el país que le guste, total, uno lo que quiere es pasarla bien, sin
estrés y sin culpa por apoyar cualquier selección, así no sea la nuestra. El
mundial es para disfrutar del fútbol, no para reprimir ni satanizar las ganas
de apoyar cualquier bandera, solamente porque alguien puso de moda que es un
pecado seguir a otro equipo que no sea el nuestro.
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