Imagínense vivir a cinco minutos de distancia de todo en carro. Ya diez minutos es como mucho tiempo rodando. Ahora, imagínense que de pronto la distancia de la casa al trabajo, sin salir de la ciudad, es una hora, mínimo. ¡¿Una hora?! "Bienvenida a la Ciudad de México".
Pues sí, cuando me preguntan los compañeros del trabajo dónde vivo y les respondo "lejos de aquí, uff, como a una hora", me atajan de una vez y dicen "eso es cerca". Y es que esta ciudad es tan grande que parece que hubiera cuatro ciudades dentro de una. Yo vivía en Ciudad Ojeda (Venezuela) donde todo es cerca de verdad, de allí que para mí todo aquí es súper lejos, todo es "extra large".
Por eso, una de las cosas que por ahora no me hace falta es un gimnasio. Aquí las cuadras "llaneras" son normales y subir escaleras es parte de la rutina diaria, total que movimiento no me falta; kilos, sí; pero, con semejantes caminatas, con el cuento de que todo es cerca, engordar no se me ha hecho nada sencillo. A esto le agregamos que la gente parece que siempre va apurada. El que va lento pierde. Cuando se abren las puertas del metro o cuando se detiene un autobús parece que todas las personas tienen en sus mentes el anuncio "en sus marcas... listos... ¡fuera!" Y allá voy yo detrás de todo el gentío acelerando el paso para seguirles el ritmo y pensando siempre "¿cuál será el apuro?"
Y no solo los peatones van casi corriendo: he visto el tráfico al límite, es decir, carros, autobuses, camiones, motos y hasta bicicletas pasan tan cerquita unos de otros en plena autopista que más de una vez he pensado "chocamos"; pero no, hasta ahora todo queda en sustos y saltos en mi estómago. No pasa nada, ellos son expertos al volante.
Otra de las cosas que me ha llamado la atención es el equilibrio admirable que tienen las mexicanas para maquillarse en los vagones del metro. Las que tienen suerte de sentarse quedan impecables y las que se quedan paradas no tienen nada que envidiarles: se aplican su base, corrector de ojeras, delineador, rímel (máscara de pestañas), rubor y labial con tal precisión que es imposible no mirarlas cuando están en plena faena. Con el tren rodando, se medio sostienen del tubo cuando paramos en una estación y siguen su embellecimiento en medio de tropezones, con cartera en hombro y todas sus "herramientas" a la mano. Yo, sentada, casi me trago un pintalabios un día con un frenazo del metro. Ellas, ni se dan cuenta y salen impecables. Definitivamente, algo admirable.
El clima también es un tema. Yo casi siempre tengo frío y aquí con 25 ºC ya no aguantan el calor, mientras que para mí es un fresquito bien sabroso. Yo sé lo que es aguantar una sensación térmica de 45 ºC. Hace días hubo alerta amarilla por el calor y advirtieron que las temperaturas, a finales del invierno, iban a llegar a... 30 ºC. Recordé el calor inclemente del Zulia y obviamente no se compara. Claro, los entiendo porque no están acostumbrados y es como cuando dicen que 18 ºC no es tanto frío y a mí se me congela la nariz. Algo similar pasa con el picante: si te dicen "no pica", créanme que SÍ pica.
Si hablamos del "español mexicano", digamos que yo les entiendo bien porque los venezolanos crecemos prácticamente viendo novelas mexicanas. Así que palabras como "checar", "antro", "chavo" o "chamba", por ejemplo, no me son extrañas. Ahora, "tlapalería", esa sí no la conocía. Es como "ferretería" más o menos. Y, ojo, los tacos de carnitas son de carne de cerdo, no de res, como yo creía.
En el caso contrario, o sea, cuando soy yo la que hablo con mi español más maracucho que venezolano, ahí sí tengo que repetir varias veces para hacerme entender. Si me dicen "¿cómo estás?", yo respondo "bien y ¿vos?", y más de una vez me han replicado "¿mande?"... Lo que pasa es que a mí no me sale mucho el "tú" y, bueno, se complica más la situación. En otra ocasión fui a pagar una consulta médica y dije "le voy a cancelar". Error, "cancelar" aquí en México no es pagar, es más bien como "anular". La secretaria puso cara de "what?" al tiempo que yo insistía en que iba a cancelar. Menos mal que mi hermana, que ya es más mexicana, se dio cuenta de la confusión y después de las respectivas risas todo se aclaró.
En general, estoy muy a gusto en la CDMX (antes DF). Me llama la atención que hay mucha gente tatuada, mucha. Bueno, yo no había salido de mi "pueblo" donde no éramos tan notorios los de la piel pintada, éramos más underground. También me gusta poder llegar a la casa y escuchar la radio (FM) otra vez, puedo cambiar unas seis o siete emisoras con música para mis oídos (rock ochentoso, por ejemplo). En Venezuela eso era casi imposible. Las tienditas aquí son mini supermercados, se consigue casi de todo. Imagínense un centro comercial. También hay muchos parques para los niños. Por supuesto, hay cosas que no me gustan. A veces huele feo, la contaminación no es un secreto y la misma María Félix hace añales reclamó que detrás de la catedral, en el centro histórico, olía "a orines".
Pero, con todo lo bueno y lo malo, no me arrepiento. México lindo y querido me ha abierto las puertas y espero seguir adelante, trabajando por mí y contribuyendo un poco con este país y esta ciudad enorme. Los granitos de arena, con el tiempo, hacen la diferencia. Y desde aquí espero que Venezuela también salga de la crisis y vuelva a ser uno de los países más bellos del mundo.
PD: Cuadra llanera: Distancia laaarga, muy laaarga entre una esquina y otra.







Khe pedo wey, esto esta. A TODO DARRRRRR WEY
ResponderEliminarMe encanto! Delicioso retrato de tu experiencia! Muchas gracias! Me la pase maravillosamente!
ResponderEliminarMe hiciste sonreir, aunque se me humedecieron los ojos al pensar en mi hijo ausente y todas las dificultades que ha tenido que atravezar, pero todo será para bien, que Diós te Bendiga y te llene de fortaleza.
ResponderEliminarAsí es tío, todo valdrá la pena.
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