domingo, 29 de septiembre de 2019

Iron Maiden, Ciudad de México

Yo sabía que Iron Maiden estaría en México este año. Cuando llegué en enero, también sabía que ya las entradas para los dos conciertos estaban agotadas. Sin embargo, busqué a ver si tenía suerte... y nada. Bueno, ya volverán, pensé.

El 25 de febrero vi la publicación oficial que me cayó del cielo: ¡Anunciaron una tercera fecha en México! "Ese concierto es para mí, ¡tengo que ir!".

Brevemente, voy a explicar por qué ese evento era para mí.

1992, yo con 13 añitos, vi y sufrí cómo desfilaban por el Poliedro de Caracas todas las bandas que empecé a escuchar a los diez años, entre ellas, Iron Maiden en medio de su gira Fear of the Dark.

2009, Somewhere Back in Time World Tour y el Ed Force One aterrizó en Venezuela. Esta vez yo tenía edad suficiente y las posibilidades de comprar los boletos. Igual, no pude ir. Tenía seis meses de embarazo de mi retoño Saúl. Mi consuelo era, obviamente, "mi hijo es más importante". Pero por allá en el fondo de mi corazoncito rockero, pues, yo quería ir.

Diez años después, ¡una década pasó!, y cuando vi que ahora sí podía estar ahí viendo a la mejor banda de Heavy Metal de la historia, con sus integrantes intactos en The Legacy of the Beast Tour, con un Bruce Dickinson ágil, fuerte, que sobrevivió al cáncer que en algún momento me hizo pensar "se acabó Maiden", no dudé y dije "yo tengo que estar ahí, ese concierto es para mí". Así que desempolvé unos dólares que tenía ahorrados y listo, entrada en mano. Sobre todo, porque ya había perdido las esperanzas. De paso, esa tercera fecha en la Ciudad de México sería el primero de los tres conciertos.

La espera fue larga. Siete meses exactamente. Hasta que por fin llegó el 27 de septiembre. Viernes, día laboral, así que madrugué como todos los días. A las 4:30 pm, cuando terminó mi jornada que se me hizo eteeerna, me cambié los zapatos porque yo sabía a dónde me iba a meter, cambié la cartera por un koala con lo básico, me comí un sándwich y me amarré mi suéter en la cintura. Taxi y "al Palacio de los Deportes, por favor".

Yo fui con la idea de comprarme mi franela alusiva, porque no tenía una para ponerme. Cuando vi que la cola ya estaba larguita para entrar, decidí comprarla al salir y, si era posible, de la mercancía oficial. Total, "ahí venden un chingo", como me dijo un amigo. Cuando encontré mi puerta, sí había gente pero no tanta. Supe en ese momento las ventajas de haber comprado boleto cerca de la tarima. A las 6.00 pm ya estaba frente al escenario. Yo iba preparada psicológicamente pa' estar lejitos; aunque la entrada era para estar cerca, en México hay tanta gente y todo es tan grande que creí que yo iba a estar como una aguja en un pajar...

Pero no, ahí estaba en un sitio privilegiado. Tres horas de pie, viendo cómo se llenaba el "domo de cobre". Escuchando acentos de varios lugares (México, Colombia, Guatemala, Paraguay, Argentina...), riéndome de chistes que no me estaban contando a mí, pensando en todo lo que esperé para estar ahí... y pidiéndole a Diosito que todo saliera bien y que nadie me aplastara (soy flaquita, ya saben).

A las 7.40 pm salió la banda The Raven Age. Lo único interesante de ellos fue que ahí estaba el hijo de Steve Harris (fundador y bajista de Iron Maiden). De resto, nada que ver. Sí, se esmeraron, saben tocar y cantar, etc, but no, thank you.

9.05 pm. En las pantallas vemos videos del juego Legacy of the Beast, de fondo el tema Transylvania. Bajan las luces, la gente grita y empieza a sonar Doctor, Doctor... en las pantallas "Welcome to the Show". Se siente la adrenalina en el ambiente, más gritos, más emoción y empieza el discurso de Churchill... My God, ya va a empezar...

Comienza a sonar Aces High, aparece un avión encima de la tarima, luego los músicos y sale Mr. Dickinson. Aquello se iba a caer.

Qué puedo escribir que no se haya escrito de Iron Maiden. Son impecables, en todos los sentidos. Fue un concierto perfecto. Desde el escenario, los efectos, las luces, las velas, el vestuario, las canciones, la voz... Son únicos, son los mejores, son una leyenda y yo los vi.

Sí, me empujaron, me apretaron, me jalonearon el pelo, ¡hasta me cargaron! Pero todo valió la pena. Sobre todo porque entre tanto tambaleo siempre estuve en el medio, con Bruce cantando frente a mí, solamente con unos cinco cuerpos delante, pero ahí me mantuve. Las demás mujeres desaparecieron, yo aguanté, canté, salté y grabé uno de los momentos más esperados de mi vida y que me merecía.

La euforia era increíble cuando Steve descargaba su ametralladora de cuatro cuerdas contra la audiencia de más de veinte mil almas, cuando Dave y Adrian le sonreían al público con los mejores solos de guitarra, cuando Janick hacía sus brinquitos que me encantan y volteaba su guitarra como una batuta, cuando Nicko hacía llorar la batería con tanto golpe y cuando Bruce demostraba por qué es la mejor voz del Heavy Metal y pedía "SCREAM FOR ME, MEXICO!!". No puedo dejar de mencionar a Eddie que, como siempre, perdió la batalla de espadas contra Bruce.

Y, de paso, aunque ya me lo esperaba, cerraron con mi canción favorita: Run to the Hills. Ni se imaginan ni les puedo describir la emoción, la sensación. Aunque, la canción que casi me hizo llorar fue Fear of the Dark, creo que porque recordé aquel 1992 cuando los quise ver y no pude.

Salí feliz. Agradecida. Con kilos de sudor encima (80% de ese sudor no era mío, estoy segura) y a hacer mi fila para comprar mi súper franela y mi vaso, todo oficial. Una experiencia única, un recuerdo para siempre. Ojalá se repita. Cuando las cosas son pa' uno, llegan. Definitivamente, eso es lo mío, es mi música, es mi estilo... I'm a rocker queen.










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 Estefa me hace falta todos los días. La quisiera cargar porque me dejó en ese momento cuando todavía los niños se cargan, así pesen y te du...