Septiembre es el mes patrio en México. Tradicionalmente, se come pozole y también chiles en nogada. Yo les recomiendo que busquen estos platos en internet para que sepan cómo son. Sé que mi descripción se quedaría corta y hasta podría herir susceptibilidades. Es como si alguien que no sea venezolano describiera la hallaca como un tamal, por ejemplo... Entonces mejor investiguen un poquito y todos felices.
Lo cierto es que estamos en septiembre. Un mes que también se asocia con los sismos porque, tristemente, a lo largo de la historia mexicana se han registrado terremotos durante este mes (incluso el mismo día con años de diferencia) y la gente, digamos que inconscientemente, "siente" que en cualquier momento va a temblar.
Pero, yo lo que quiero escribir es una anécdota sobre un incidente que me pasó comiendo chile (picante). Como estamos en septiembre, México es famoso por el chile, es el mes patrio... En fin, una excusa para escribir mi anécdota.
Tenía apenas unos meses viviendo en México, año 2019. Después de hacer uno de los tantos trámites de migración que nos tocaban esos días, mi esposo, mi hijo y yo fuimos a almorzar. Entramos a un restaurante muy concurrido al que ya habíamos ido otras veces, sobre todo a comprar un pan dulce muy sabroso que allí venden.
Yo tenía mucha hambre. Los trámites en migración son largos y fastidiosos. Aparte de madrugar para estar a la hora, igual uno tiene que esperar una eternidad, hasta que por fin te atienden y, cuando miramos el reloj, se nos fue medio día en el asunto y, evidentemente, al salir del lugar el estómago protesta y reclama lo que hacía horas debió haber recibido.
Era la hora pico y el restaurante estaba full. Nos ubicaron en una mesa en el centro del salón más o menos. Vimos el menú, ordenamos casi de una vez y empezó la espera. La señorita que nos atendía nos llevó los respectivos cubiertos, la jarra de jamaica que pedimos (jamaica es una flor con la que se hace una infusión muy rica y muy popular aquí en México), y también puso en el centro de la mesa un platico con vegetales encurtidos.
De ese plato, distinguí un pedacito de zanahoria, un pedacito de coliflor y otras "cosas verdes". Realmente, mis ojos solo enfocaron el coliflor, que me encanta. El hambre habló a través de mí y le dije a mi esposo "ay yo tengo mucha hambre". Acto seguido, saqué el tenedor de la servilleta, pesqué el coliflor y lo mordí vorazmente creyendo que ese bocado me iba a hacer más placentera la espera de mi platillo.
Darle un mordisco al coliflor y que se desatara el ataque de tos más incontrolable de mi vida fueron la misma cosa. Como si ese diminuto pedazo de col rizada, que se supone me iba a matar el antojo, hubiera dado en el blanco y mi tráquea, laringe y pulmones sintieran la amenaza del enemigo y soltaran en su defensa una tos que duró como cinco minutos... Que vergüenza. El coliflor y todos sus acompañantes del platico nadaban en un líquido súper picante.
Mi esposo, al ver que casi se me salen los ojos llenos de lágrimas producto del reflejo de la tos y que de mi garganta solo salía ese sonido seco e imparable (lo miraba sin poder articular palabra), quiso auxiliarme enseguida. Agarró la jarra de jamaica para echarme en un vaso, pero se contagió de la desesperación que yo mostraba y -quién sabe con qué tropezó- el agua de media jarra se regó por toda la mesa. Yo pasé a un segundo plano con mi tos, tratando de beber lo poco de la bebida que sí entró en el vaso, mientras mi esposo y mi hijo disimulaban el percance usando todas las servilletas para limpiar el derrame, sin mirar para los lados, por supuesto, porque como les dije, estábamos ubicados en medio, rodeados de decenas de comensales que no dudo estaban llorando de risa al ver el espectáculo que les regalamos.
A toda estas, yo seguía tomando jamaica mientras me secaba la cara y la tos se iba apagando poco a poco. El fulano plato de encurtidos no tenía tamaño para el desastre que provocó. La mesa era un reguero, testigo de las carcajadas que vinieron casi inmediatamente al darnos cuenta de mi poca tolerancia al picante.
Minutos después, llegó la comida. La señorita dijo "déjenme limpiarles un poco la mesa" y nosotros le agradecimos aguantando las ganas de soltar las carcajadas por lo que acababa de pasar. Disfrutamos nuestro almuerzo y salimos felices con el estómago lleno y después de haber producido muchas endorfinas.
Desde ese día entendí que aquí todo lleva chile, digan lo que digan... Bueno, algunas cosas no, pero la mayoría sí. Después de casi cinco años, lo tolero un poco más, pero sigo tosiendo cuando llego a mi límite. Y no crean que es una tosecita cualquiera, así como para aclarar la garganta. No, señores, es La Tos. De esa que se va aliviando abriendo la boca en forma de "O" y sacando la lengua (qué horror).
Esa es mi anécdota. Viva México y esperemos que no tiemble en septiembre ni nunca.
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| El restaurante (esta es la sede del centro, yo me enchilé en Polanco, al oeste de la ciudad) |


















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