Yo conocí dos Maracaibos. La ciudad, con edificios,
urbanizaciones, centros comerciales. La ciudad “bonita”, “normal”. Pero,
también conocí la otra Maracaibo: la de los barrios, casas de zinc y hasta
cartón; sin pisos y hasta sin techos. La ciudad “fea”. Un duro contraste.
Yo vi muchos muertos como periodista. Escenas macabras que
no se me olvidan. También, escenas vivas de miseria, pobreza y hambre -que hoy
deben estar multiplicadas-. Estas me angustiaban más. Total, el muerto ya no
sentía; los habitantes de esos barrios, sí. Imaginar que la gente de esas dos
Maracaibos coincidiera me parecía imposible. Tenía la certeza de que los
primeros ni pensaban remotamente en la existencia de los segundos. En fin…
Diez años después, Maracaibo está toda fea. La basura manda.
Y, como toda Venezuela, es un territorio donde impera la ley de “sálvese quien
pueda”.
De esa época recorriendo Maracaibo y sus alrededores, me
sorprende cómo situaciones que yo creía únicas e insólitas -dentro de mi
ingenuidad e ignorancia- se repiten hoy en todas partes. En pleno 2018:
“Almorzamos arroz con auyama hervida”, me dijo la señora
mientras revolvía la mezcla blanca y naranja en la paila hirviendo. “¿Cómo
pueden alimentarse así? ¿Sin pollo ni carne? ¡Eso no llena!”, y mil inquietudes
más asaltaban mi mente.
“Llenamos pipas y tanques con el agua de lluvia”, me dijo la
señora -indígena esta vez- mientras me enseñaba la lata de zinc dispuesta como
un canal por donde bajaba el agua del cielo a los recipientes. “¿Usan agua de
lluvia? ¿Y si no llueve? ¿Se pueden beber esa agua?”, y así mi mente tejía otra
enredadera de preguntas llenas de estupor.
Diez años después, mucha gente, no necesariamente de barrios
marabinos, sino de cualquier parte, se siente privilegiada de poder comer arroz
o auyama. “Ya se me olvidó el sabor del pollo”, me han dicho. Me pregunto,
¿aquella señora seguirá comiendo su mezcla de arroz y auyama?
Ayer cayó un aguacero. Un palo de agua. Se fue la luz y se
metió el agua por la ventana de mi cuarto. Eran las seis de la mañana. Sequé el
charco y me acosté a dormir con truenos y relámpagos. Cuando desperté fue
inevitable recordar a la señora indígena y su método de recolección de agua.
“Llenamos el tanque, por fin”, escuché. “¿Será que llegó el agua?”, pensé. Pues
no: La gente aprovechó el agua de lluvia para surtirse ante la escasez del
vital líquido que ya tiene las tuberías secas.
“¿Vos por qué no agarraste agua?”, me preguntaron en la
tardecita. Si no hubiera leído tantos mensajes de gente diciendo que llenó
tanques, que se bañó “bien”, que se lavó el pelo, que ahora sí podrá lavar
ropa, que por fin tiene agua, mi respuesta hubiera sido “miarma, pa’ qué”. Lo
que respondí, a modo de excusa improvisada, fue “no tengo pipas y no iba a
llenar el tanque porque no sé si es seguro usar esa agua”. Y en verdad no lo
sé. Para la próxima agarro agua para limpiar, no está de más.
Lo que me asombra es pensar que hace diez años yo veía como
un hecho aislado, único, insólito, un último y desesperado recurso de una
población indígena, olvidada y acostumbrada a sobrevivir en medio de carencias,
esperar la lluvia para tener agua y hoy, en pleno 2018, gente de cualquier
estrato social salió la madrugada del viernes 4 de mayo, a agarrar la lluvia
anunciada con truenos y relámpagos. ¿A dónde hemos llegado? ¿Qué más me tocará
ver que antes me haya parecido insólito cuando trabajaba en Maracaibo? Dios nos
proteja.


Triste realidad, miseria igualitaria para todos
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