Uno de los legados más fastidiosos de esta
dizque revolución venezolana es la costumbre de amoldarnos a lo malo: No hay
comida, no comemos; no hay medicina, nos curamos solos (o nos morimos); no hay
papel, nos lavamos; hay que hacer cola, la hacemos; no hay transporte,
caminamos; no hay dinero, lo compramos ¡STOP! ¿Lo compramos? Sí, absurdo pero
cierto. En este país rico compramos el dinero en efectivo. Empezamos pagando la
mitad de lo que necesitábamos, ahora pagamos como el triple de lo que
precisamos. Una locura, pero “la aceptamos”.
El pesimismo, el conformismo, el “que se
maten ellos-ismo” nos ha vuelto, incluso, mezquinos. El “yo te brindo”, tan
popular entre panas, va a quedar como un bonito recuerdo del pasado cuando “éramos
felices y no sabíamos”, frase vuelta un cliché reloaded en estos tiempos.
Imagínense la hora del recreo en un liceo.
El amigo quiere agradar a su amiga con un refresco y una dona. Quiere lucirse
porque la joven le gusta, obviamente. La cantina no tiene punto de venta, el
chamo, tampoco, una cuenta en el banco con su respectiva tarjeta de débito.
Entonces en la media hora del receso escolar el joven debe avisar a su papá –que
seguro está ocupado trabajando- que por favor le haga una transferencia rápido
porque la señora de la cantina no le despacha el pedido si no ve el “capture”
del pago y la chama se está aburriendo porque tiene hambre además el recreo
está por acabarse y tienen que repasar para el examen de química y ya van a
tocar el timbre y no le ha dado tiempo ni siquiera de piropear a la muchacha y…
Estrés. Así, sin puntos ni comas, sin pausas. Así de estresante es hacer la
mínima compra en este país, pues el anhelado efectivo brilla por su ausencia.
El billete de cien bolívares se ha vuelto
nada. Ha sido aporreado moralmente. Sacado y metido de circulación a la fuerza tantas
veces en tan poco tiempo que ya nadie lo quiere y él solito ha decidido desaparecer,
tanto así que ya nadie lo extraña. Y los de menos denominación no merecen ni
siquiera un mal recuerdo.
En el último viaje en autobús que hice, el
pobre colector parecía que odiaba al mundo entero. Mostraba una expresión de
pocos amigos cada vez que alguien le pagaba el pasaje. Todavía había un poquito
de efectivo en la calle (septiembre 2017). A él le calculo poco más de veinte
años. Sus manos y dedos parecían tener vida propia de tanto contar dinero en
las gruesas pacas de billetes devaluados. Y el ceño fruncido para siempre.
Esperemos que no nos pase como a él, que se va poniendo viejo poco a poco
acostumbrado al mal humor y al tedio de la rutina. Aunque, quizá, ya debe haber
modernizado su angustia, pidiendo “captures” y dando números de cuenta para las
respectivas transferencias. O ya se las habrá ingeniado para convertir en
negocio ser uno de los privilegiados que aún, quizás, recibe bolívares en
efectivo ¿Será?
PD: Ya viene otra reconversión. Ya veremos
cómo será el caos.

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