martes, 26 de junio de 2018

Venezuela se desdibuja

Yo crecí escuchando cuentos como estos: “Ahí donde está ese edificio había un cine pequeño”, “ese centro comercial era un terreno con puro monte”, “antes aquí no estaba esa urbanización, sino un terreno vacío”… y mi mente de ocho o nueve años se imaginaba cómo había cambiado mi ciudad, más poblada y grande entonces que en la época contada por mis papás.

Hoy, el que tiene nueve años es mi hijo mayor. Los cuentos que él me oye son más o menos así: “ese edificio que se está cayendo era tremendo centro comercial”, “esas casas abandonadas eran las más bonitas por aquí”, “este basurero antes era un parque”…

Lo lógico era que yo estuviera contándole cómo la modernidad y tecnología de estos tiempos estuvieran apoderándose de todas las infraestructuras a nuestro alrededor. Pero no, nada de eso, todo lo contrario. Ya ni las fachadas desteñidas de los comercios en el centro se pueden mirar. Dan pena. Unas latas de zinc pintadas anuncian una zapatería o un supermercado o lo que queda de ellos. Santamarías abajo como un domingo eterno. Centros comerciales vacíos, carreteras rotas, semáforos que ya perdieron su función, jardines sin flores… Eso sí, mucha gente caminando. Pero no por gusto o por tanto que ver y comprar en los negocios. Nada más alejado de la realidad. Caminan porque, sencillamente, no hay transporte. Bueno, sí hay, pero muy poco, poquísimo. En mal estado o improvisado. Las propias “carcachas” llevan y traen a quienes se atreven a montarse. Qué triste.  

A mí nunca me ha gustado salir mucho de la casa. Estoy tranquila en mi “búnker”. Así he sido siempre; pero, en estos tiempos de revolución, cuando salgo, el choque con la realidad –de la cual soy consciente- es inevitable. Será porque encerrada me sigo imaginando las cosas como eran antes y ojos que no ven…

Y así está todo el país. Tengo como tres años viendo novelas. Nunca las vi por falta de tiempo e interés. Como las están repitiendo, y tengo tiempo e interés, me he puesto a verlas. Me gustan porque me río bastante, pero al mismo tiempo me da una nostalgia  ver cómo era el país… Porque esas novelas reflejaban la realidad de Caracas que, estoy segura, ahorita está tan desdibujada como el resto de Venezuela. Lamentable.

Los negocios se van, los productos se van, las marcas famosas se van, las aerolíneas se van, los turistas se van, los laboratorios médicos se van, los artistas se van, los estudiantes se van, los profesionales se van, las amas de casa se van, los niños se van, los venezolanos se van. Es como si hubieran dado una orden de desalojo por “país inhabitable”. Dicen que el final de la pesadilla está cerca. Ojalá sea rápido antes de que el país se termine de borrar.






                                                             


                                                                

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