Tengo meses pensando qué adjetivo ponerle a
este 2018 que ya se está terminando. Exactamente, han sido estos últimos cinco
meses de tortura cuando mi mente ha intentado hacer una evaluación del año que
más duro me ha golpeado en la vida; pero, ni siquiera escribiendo estas líneas
me decido: ¿Es justo afirmar que fue el peor año?
“Siempre pasa lo que tiene que pasar”. La
primera vez que me dijeron esas palabras yo tenía quince años y desde entonces
fue, prácticamente, mi grito de guerra. Todos los acontecimientos de mi vida,
en efecto, pasaban porque tenían que pasar. Todo tenía sentido y llegaba en el
momento preciso. “Dios aprieta pero no ahoga”, esta frase también me gustaba bastante porque muchas situaciones, por difíciles que parecieran, se resolvían sin problema al final. Además, siempre he tenido mucha fe en Dios, Él nunca me abandonó. Si
no me daba lo que le pedía, con el tiempo entendía el porqué. Por eso, diariamente, le he dado gracias por todo.
Otras consignas más populares y no menos
acertadas son “no te arrepientas de nada porque de todo se aprende” y “no
quieras cambiar nada de tu pasado”. Siempre estuve de acuerdo con ambas, pues formaban parte de llevar una vida de agradecimiento con Dios por todo
lo bueno que me había dado.
De repente, llegó el día más horrible de mi vida:
3 de julio de 2018. Le rogué a Dios mil veces, millones de veces, infinitas
veces, más que ningún otro día, que curara a mi beba. Lloré, supliqué, “lo tenía sordo”, le hice
promesas… y nada. No soy religiosa porque no practico ninguna religión, pero sí
creo en Dios y tengo mucha fe. Nunca me había fallado. Ese día me sentí tan
abandonada...
¿Pasó lo que tenía que pasar?
Dios me apretó y me ahogó.
Me arrepiento de no haber sido capaz de ver las señales de que algo andaba mal, muy mal.
Y hoy, mientras escribo, SÍ cambiaría algo de mi pasado, así en mayúsculas: SÍ CAMBIARÍA EL HECHO DE QUE MI ESTEFA SE HAYA IDO DE MI VIDA.
¿Pasó lo que tenía que pasar?
Dios me apretó y me ahogó.
Me arrepiento de no haber sido capaz de ver las señales de que algo andaba mal, muy mal.
Y hoy, mientras escribo, SÍ cambiaría algo de mi pasado, así en mayúsculas: SÍ CAMBIARÍA EL HECHO DE QUE MI ESTEFA SE HAYA IDO DE MI VIDA.
Todavía me parece mentira, todas mis noches
son de mentira. La única noche que no dormí con ella fue su última noche en este planeta. Ahora me quedo dormida no por sueño, sino cuando me rindo tras la batalla de pensamientos y recuerdos que me asalta sin tregua casi hasta el amanecer o cuando las lágrimas vencen a mis ojos que ya no pueden dar más.
Entonces, ¿fue 2018 el peor año? Mi mente y mi corazón responden de una vez que sí. Sin embargo, mi memoria me trae los mejores recuerdos vividos antes de esa fecha espantosa y le sigo dando gracias a Dios por haberlos disfrutado con mi beba. No todo fue malo; al contrario, todo iba tan bien, tan perfectamente bien. Mis hijos creciendo, aprendiendo.
Entonces, ¿fue 2018 el peor año? Mi mente y mi corazón responden de una vez que sí. Sin embargo, mi memoria me trae los mejores recuerdos vividos antes de esa fecha espantosa y le sigo dando gracias a Dios por haberlos disfrutado con mi beba. No todo fue malo; al contrario, todo iba tan bien, tan perfectamente bien. Mis hijos creciendo, aprendiendo.
Hay dos cosas curiosas que me pasaron. Una vez me preguntaron, en diciembre de 2017, cómo y dónde me veía en unos
seis meses y mi respuesta fue “no sé, no sé si nos iremos del país, falta el
pasaporte de la beba, quiero volver a trabajar, pero todo depende del horario de
la escuela porque ella va a empezar el preescolar; la verdad no sé”. Quizá mi
inconsciente “sí sabía” que algo horrible me esperaba.
Lo otro es que una tarde, de la nada,
viendo a mis hijos jugar en la sala de mi casa, le pregunté a Saúl “¿te
acordáis cuando no teníamos a Estefa? Jugabas solito, ahora no podríamos estar
sin ella”. ¿Por qué le pregunté eso así de pronto? ¿Mi inconsciente me estaba
tratando de advertir el horror que estaba por venir?
“Dios les da las batallas más difíciles a
sus mejores soldados”. Si eso es cierto, yo hubiera preferido ser el peor
soldado del mundo y seguir con mi hija. Al menos así pienso hoy, cuando sufro día a día este reto para seguir adelante. "Sigue luchando que al final Dios te recompensará"... ¡¿Cómo se puede recompensar la muerte de un hijo?!
No sé si llegaré a entender la tragedia que me tocó. Sigo sin aceptar, sin creer. Yo espero que Estefanía me llame en cualquier momento y venga corriendo a pedirme que la cargue. Si después algún entendimiento llega a mí, lo escribiré. Mientras tanto, el mundo sigue sin girar, porque mi niña no está.
No sé si llegaré a entender la tragedia que me tocó. Sigo sin aceptar, sin creer. Yo espero que Estefanía me llame en cualquier momento y venga corriendo a pedirme que la cargue. Si después algún entendimiento llega a mí, lo escribiré. Mientras tanto, el mundo sigue sin girar, porque mi niña no está.
Por otro lado, me queda la satisfacción de
esos bonitos recuerdos. Me alegra que Saúl, cuando hable de su infancia, recuerde
que por más de dos años y medio fue hermano mayor y escogió el nombre de Estefanía; y también supimos lo que era
criar una niña, ¡tuvimos nuestra hembrita!, aunque me quedé con las ganas de más, de mucho más, de vivir
todo con ella, mi reina. Cada
segundo que respiro es un segundo menos que tengo que esperar para volverla a
ver.
Ay, mi beba, me dejaste tan sola... Eras mi compañera cada segundo, día y noche; y, si nos separábamos un rato, tu carita de emoción al verme era única. Me hacías sentir importante de verdad. Me hace tanta falta tu amor 💔






Nuestra Angelita hermosa 😢
ResponderEliminarMucha fuerza guerrera! Te leo desde Antofagasta Chile me pongo en tu lugar y no me gustaría seguir viviendo que terrible el tal solo pensarlo,, mucha fuerza y abrazos de luz :) <3
ResponderEliminarMuchas gracias. Un abrazo
Eliminar