Sin ánimos de ser analista de guerra o experta en conflictos internacionales, solo quiero escribir lo que ya muchos han escrito: en una guerra solo hay perdedores.
De pronto un día amanece un presidente, jefe de gobierno, dictador (en otros tiempos un rey o un faraón) o alguno de sus asesores con un mal presentimiento y la única solución que le traerá calma es invadir al enemigo. Caerle "alante" pues. Porque mientras más territorio tengamos, más poder tenemos. Entiéndase ese poder como más recursos naturales, económicos, o de cualquier otra índole que el mandamás considere necesario para "su" paz.
Y así han destrozado al mundo, han dividido territorios. Desde siempre. Los romanos en su época se expandieron por medio mundo hasta que no pudieron controlar todo. Entonces se dividieron y los turcos dijeron "es nuestro momento". En la Edad Media, ingleses, franceses y españoles se quitaban y cedían tierras casi que como regalos de boda, alianzas por conveniencias que nada más servían de fachada para hacerse con más pedazos de Europa; eso sí, y muy importante, lo hacían en nombre de Dios.
Igualmente, los mongoles, chinos, árabes y portugueses hicieron de las suyas, unos imperios más importantes que otros, pero todos marcados por la sangre derramada.
Y qué decir de la historia contemporánea que no se haya dicho. Hitler invadió Polonia porque quiso vengar la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial y ya sabemos las consecuencias del caos que provocó. Demasiada crueldad para entrar en detalles. Por cierto, la Primera Guerra Mundial fue una reacción en cadena, un efecto dominó entre países que querían "ayudar" al otro, y el otro al otro, luego de un atentado en Sarajevo, y así empezó esa guerra de trincheras donde jovencitos de 18 años ni sabían por qué peleaban. Una locura.
Con la caída de la Unión Soviética, Rusia quedó con una herida en el ego que no ha terminado de sanar y es lo que yo veo hoy con la invasión a Ucrania.
"Esto nos pertenecía. Es una amenaza que estén 'más de allá que de acá'. Mejor vamos a marcar territorio".
No quiero simplificar lo que está pasando en el mundo. Es cierta la amenaza (muy o poco probable, no deja de ser una posibilidad) de una tercera guerra mundial. Amenaza que me hacía temblar de miedo de niña porque crecí viendo en televisión noticias de guerras en el planeta cuyas causas no llegué a entender (o medio entender) hasta ahora. Por eso, al ver lo simple, mi mente sufre menos.
Precisamente, uno no se molesta en conocer las verdaderas razones de las guerras porque son muy complicadas. Religiones, etnias, economía, cultura, venganzas (y caprichos). Las verdaderas razones no existen, nada justifica una guerra. Pero esta es solo una opinión romántica. Un "líder mundial" se llena la cabeza de razones que al final convencen hasta a los civiles de tomar las armas que nunca han usado para "defender" su patria.
Pero así somos los seres humanos. No nos queda más que esperar. Mandar buenas vibras para que nadie se sienta amenazado por nadie, para que el mundo tenga paz, aunque no existirá nunca la paz general. Al final, por mucho territorio que "ganen" son muchas vidas las que se pierden, además del dinero que bien podría resolver otros asuntos. Así estemos lejos y veamos la guerra desde la distancia, todos perdemos. Se pierde incluso la ilusión de vivir en un mundo mejor. Que Dios nos proteja.
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"I'd love to change the world, but I don't know what to do. So I'll leave it up to you".- Ten Years After
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