Siempre he sido flaca, aunque como bien.
Sin embargo, cuando tenía 19 años, mi apetito empezó a aumentar de repente. Me
alegraba la idea de ganar peso, pero la vida tenía preparado otro plan para mí:
Hipertiroidismo. No fue fácil, pero gracias a Dios y a mi disciplina logré
superar esa dura prueba.
Lo atípico de mi diagnóstico comenzó en la
sala de espera del consultorio médico. Señoras mayores de 40 años se asombraban
de que una jovencita de 19 (que aparentaba 15 o menos) sufriera la misma enfermedad que
ellas. Por razones económicas, mis padres no pudieron pagar el tratamiento
definitivo de una vez. Así que duré un año tomando pastillas hasta que mi
familia pudo pagar el yodo terapéutico para curarme. A diario, yo debía tomarme
hasta trece pastillas al mismo tiempo, a media mañana. Mis compañeros en la
universidad creían que me iba a morir. Yo les explicaba en qué consistía
el hipertiroidismo y se relajaban.
Mientras tanto, mis síntomas variaban.
Tenía épocas de mucha taquicardia, fatiga, insomnio, sudoración, cansancio, altas
temperaturas, apetito exagerado y mucha pérdida de peso. De ese extremo pasaba al lado opuesto: mucho sueño, falta de apetito, aumento de peso (algunos
kilos)…
También tenía que lidiar con comentarios
nada esperanzadores sobre mi enfermedad. “No vas a poder quedar embarazada” era
el que más repetían. Aunque yo no quería ser madre a esa edad, eso me asustaba
mucho. Pero mi doctora me aseguraba que yo tendría una vida normal. Y así fue.
En noviembre de 2000, en el momento más
crítico, cuando ni siquiera podía caminar sin apoyo, y poco más de un año
después del diagnóstico, me administraron el yodo terapéutico. Un mes después,
el cambio era evidente: Me sentía súper bien.
Desde entonces, tomo una pastilla de por
vida para regular el metabolismo. Soy madre de dos hermosos niños y llevo una
vida normal. Aunque en estos tiempos cuesta conseguir el medicamento (Euthyrox),
no he vuelto a estar en crisis otra vez. Ser constante con el tratamiento y las
recomendaciones médicas fue fundamental para salir adelante. Por eso es que la
gente dice “el que persevera vence”, y yo vencí.


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